LA CRONICA

LA CRÓNICA

Hábitos en transformación

A los Encantes se va también a pasear, a revolver, hacer el vermut o comer

XAVIER THEROS Barcelona 8 MAR 2014 - 00:03 CET

Los nuevos Encantes Viejos se parecen mucho a los antiguos, sólo que sin su preceptiva capa de polvo y su suelo de tierra, sin sus puestos de mendigos vendiendo la cosecha recogida del contenedor, ni sus hallazgos imprevistos bajo montañas de objetos indeterminados. Están las mismas cosas, pero es como si la señora de la limpieza del alcalde les hubiera pasado el plumero, las hubiera clasificado por precios y tamaños, y hubiese introducido la lógica comercial en uno de los pocos ámbitos donde imperaba la ilógica del regateo. Hoy en día todo aquello es más un espectáculo que un estilo de vida, e incluso las subastas tienen lugar un poquito más tarde para que la gente pueda ir a verlas.

Hace meses que quería escribir sobre este lugar pero no encontraba la manera, paseaba por entre sus puestos sin comprar nada, abstraído a la búsqueda de una opinión. Según cómo, me indignaba por haber perdido una porción de mi ciudad, barrida por esa falsa modernidad que todo lo ordena y taxonomiza. Su antigua ubicación era lo único que se salvaba del descomunal churro que ha sido en las últimas décadas la plaza de las Glorias, pagadas y remodeladas sucesivamente a ritmo de infarto. Paradójicamente, aquellos montones de ropa vieja en el suelo —las cajas llenas de todo y de nada—, eran lo único que permanecía en aquel paisaje en constante transformación. Otras veces me complacía su falso cielo, que en vez de reflejar el mar me devolvía la imagen minúscula de los transeúntes (un espejo gigante bajo el que es muy fácil sentirse enano). Dentro, recorría las paradas de su espacio central con el mismo ajetreo, buscando cambios sin apenas encontrarlos. Hasta que un día caí en la cuenta: en el fondo, lo que había cambiado no era el mercado sino sus transeúntes. Ahora tenían nuevos hábitos y nuevas costumbres.

Arriba en la cuesta, en la atalaya de este Babel de purpurina y hierros oxidados, donde terminan todos los caminos, al borde de este acantilado de cemento y plástico, el cansado visitante que ha recorrido con ojos de niño parada tras parada se encuentra con el destilado de un nuevo fenómeno que empezó hace unos años en los mercados municipales, y que de alguna forma ya es parte inseparable del comercio local. En los viejos Encantes Viejos sólo había dos bares de fuerte personalidad como eran El Bellcaire y La Palmera, réplicas de sus homólogos en el resto de la ciudad, con barras de café con leche y bocadillos calientes que acogían democráticamente a clientes y vendedores por igual. Pero la costumbre de hacer el aperitivo o almorzar en el mercado ha llegado a este lugar para quedarse. Mesas de metal y bancos para sentarse con panorámica sobre la torre Agbar, ese nuevo skyline de la ciudad que fotografían a diario cientos de turistas y fotógrafos al salir del metro, reconocido ya como paisaje icónico de la Barcelona más post.

A los Encantes se va también a  pasear, a revolver, hacer el vermut o comer

En esta pendiente suavizada, al final de una colección de anticuarios se encuentra la meta de tantos paseos. La estrella en su género es el restaurante El Mirall dels Encants, donde se puede cenar tarde pues funciona al margen de los horarios del mercado. Ha sido el último en llegar, y pronto se ha convertido en un local con un pie aquí y otro en la acera de enfrente, en la que los espectadores del Teatro Nacional y del Auditori que deseen comer algo al acabar la función pueden encontrar una cocina de alta gama. Más arriba hay un par de fogones dedicados a la pasta y a la pizza, el Mucho Gusto y el Pasta Chef. Y para gustos más sofisticados, dos negocios que se basan en explotar las diversas preparaciones de productos muy característicos. El Peixet als Encants es de los mismos propietarios que el fantástico Kiosko Universal de la Boqueria, y ofrece raciones de pescado y de marisco con las que hacer un buen aperitivo, como en el local madre también destacan sus chipirones. Por su parte, en Gall Encantat sacan partido a las aves y hacen desde pollos a l’ast o croquetas de gallina, a platos con foie de pato. El Fogó también es cosa seria, con una carta elaborada por Albert Marimon, un joven cocinero ya reconocido por su trabajo en el restaurante La Cava de Tàrrega, que ofrece preparaciones más contundentes y para hambres de mayor recorrido, como pies de cerdo, carrilleras, cochinillo o cocas de recapte. Y al final el Stop & Mos, el negocio de Jackie Dunfoy i Toni López, a quienes ya conocía como propietarios de restaurantes de referencia como fueron Es Fosquet del puerto menorquín de Mahón o el Future de la calle Fusina, ahora con una nueva propuesta basada en sopas, caldo en tazas, ensaladas o bocadillos artesanos (como el de pan de cerveza negra con rosbif).

Además cuentan con una cuidada carta de vinos y cañas muy bien tiradas, que aparte de las sugerencias ofrecidas en sus pizarras disponen de platos del día que varían a diario. La última vez que estuve probé una de sus especialidades más exitosas: un simple frankfurt, con mostaza o con mostaza y kétchup. A primera vista nada del otro jueves, aunque la cosa cambia cuando descubres que la salchicha la traen de la estupenda charcutería alemana Max Zander de Montcada i Reixac. Y el crujiente panecillo de Viena lo amasan en la panadería artesana Forn de la Trinitat, un negocio familiar de tercera generación que lleva abierto desde 1927 en la plaza de la Trinitat. Puro sabor a infancia cuando era un alimento veraniego, de Feria de Muestras. Y es que a los nuevos Encantes Viejos ya no se viene solamente a comprar y a mirar, ahora sus usuarios también vienen a pasear, a dejarse llevar por el paisaje, a revolver entre toneladas de cosas impredecibles, y quedan con los amigos para hacer el vermut o para comer, o para apagar la sed que da tanta caminata.

 

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/03/07/catalunya/1394224146_642913.html